Camino de perfeccion

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—A mí todo me ha salido mal en esta perra vida —decía Ulloa—, todo. Verdad que en este país el que tiene un poco de vergüenza y de dignidad está perdido. ¡Oh! Si yo pudiera tomar la revancha. De este indecente pueblo no quedaba ni una mosca. Que me decía uno: «Yo soy un ciudadano pacífico», no importa. «¿Ha vivido usted en Madrid?» «Sí, señor». «Que le peguen cuatro tiros.» Te digo que no dejaría ni una mosca, ni una piedra sobre otra.

Fernando le oía hablar sin entenderle. «¿Qué querrá decir?», se preguntaba.

Se traslucían en Ulloa todos los malos instintos del aristócrata arruinado.

Al desembocar en la Puerta del Sol vieron a dos mujeres que se insultaban rabiosamente.

Cuatro o cinco desocupados habían formado corro para oírlas. Fernando y Ulloa se acercaron. De pronto una de las mujeres, la más vieja, se abalanzó sobre la otra. La joven se terció el mantón y esperó con la mano derecha levantada, los dedos extendidos en el aire. En un momento, las dos se agarraron del moño y empezaron a golpearse brutalmente. Los del grupo reían. Fernando trató de separarlas, pero estaban agarradas con verdadera furia.

—Déjalas que se maten —dijo Ulloa, y tiró del brazo a Fernando.


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