Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Las dos mujeres seguían arañándose y golpeándose en medio de la gente, que las miraba con indiferencia.
De pronto se acercó un chulo, cogió a la muchacha más joven del brazo y le dio un tirón que la separó de la otra; tenía la cara llena de arañazos y de sangre.
—¡Vaya un sainete! —gritó Ulloa—. ¡Y la policía sin aparecer por ninguna parte! ¡Para qué servirá la policía en Madrid!
Las palabras de su amigo, la riña de las dos mujeres, Laura, la aparición de la noche, todo se confundía y se mezclaba en el cerebro de Fernando.
Nunca había estado su alma tan turbada. Ulloa seguía hablando, haciendo fantasías sobre el motivo del país. En este país… ¡Si estuviéramos en otro país!
Dieron una vuelta por la plaza de Oriente, y se dirigieron hacia el Viaducto. Desde allá se veía hacia abajo la calle de Segovia, apenas iluminada por las luces de los faroles, las cuales se prolongaban después en dos líneas de puntos luminosos que corrían en zigzag por el campo negro, como si fueran de algún malecón que entrara en el mar.
—Me gusta sentir el vértigo, suponer que aquí no hay una verja a la que uno puede agarrarse —dijo Ulloa.