Camino de perfeccion

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A ambos lados de la carretera se veían casuchas roñosas, de piso bajo sólo, con su corraliza cercada de tapia de adobe; la mayoría, sin ventanas, sin más luz ni más aire que el que entraba por la puerta.

Blancas nubes cruzaban el cielo pálido; en la sierra aun resaltaban grandes manchas de nieve. A lo lejos se veía un pueblo envuelto en una nube cenicienta. De los tejares próximos llegaba un olor irrespirable a estiércol quemado.

Salió el sol, que, aun dando de soslayo, comenzó a fatigarle. Al poco rato sudaba a mares. No había sombra allí para tenderse, ni ventorro cercano; después de vacilar Ossorio muchas veces, entró en un cobertizo rodeado por una cerca hecha con latas de petróleo.

Allí dentro, un viejo estaba amontonando botes de pimiento en un rincón.

—Oiga usted, buen hombre, ¿quiere usted darme algo de comer, pagando, por supuesto? —preguntó Ossorio.

—Pase usted, señorito.

Entró Fernando en el cobertizo, y el viejo le hizo pasar de aquí a su casa, hecha de adobe, con un corralillo para las gallinas, cercado por latas extendidas y clavadas en estacas.


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