Camino de perfeccion
Camino de perfeccion ENTRE los compañeros que estudiaron medicina conmigo, ninguno tan extraño y digno de observación como Fernando Ossorio. Era un muchacho alto, moreno, silencioso, de ojos intranquilos y expresión melancólica. Entre los condiscípulos, algunos aseguraban que Ossorio tenía talento; otros, en cambio, decían que era uno de esos estudiantes pobretones que, a fuerza de fuerzas, pueden ir aprobando cursos.
Fernando hablaba muy poco, sabía con frecuencia las lecciones, faltaba en ciertos períodos del curso a las clases y parecía no darle mucha importancia a la carrera.
Un día vi a Ossorio en la sala de disección, que quitaba cuidadosamente un escapulario al cadáver de una vieja, que después envolvía el trapo en un papel y lo guardaba en la caja de los bisturíes.
Le pregunté para qué hacía aquello y me dijo que coleccionaba todos los escapularios, medallas, cintas o amuletos que traían los cadáveres al Depósito.
Desde entonces intimamos algo y hablábamos de pintura, arte que él cultivaba como aficionado. Me decía que a Velázquez le consideraba como demasiado perfecto para entusiasmarle; Murillo le parecía antipático; los pintores que le encantaban eran los españoles anteriores a Velázquez, como Pantoja de la Cruz, Sánchez Coello y, sobre todo, el Greco.