Camino de perfeccion

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En el fondo corría un arroyo de agua espumosa entre grandes álamos y enormes peñas cubiertas de musgo, y en lo más bajo había un molino. Enfrente se recortaban y se contorneaban en el cielo, uno a uno, los riscos de un monte. Llegó Ossorio al pueblo, dio una vuelta por él y en la posada esperó a que le dieran de comer, sentándose en un banco que había al lado del portal.

Junto a una tapia de adobe color de tierra jugaban los chiquillos en un carro de bueyes; un burro tumbado en el suelo, patas arriba, coceaba alegremente. En el umbral de la casa frontera, de miserable aspecto, una vieja con refajo de bayeta encarnada, puesto como manto sobre la cabeza, espulgaba a un chiquillo dormido en sus piernas, que llevaba una falda también de bayeta amarillenta. Era una mancha de color tan viva y armónica, que Fernando se sintió pintor y hubiera querido tener lienzo y pinceles para poner a prueba su habilidad.

Le llamaron para comer, y entró en una sala con el techo bajo cruzado de vigas, las paredes pintadas de blanco, con varios cromos, y el suelo embaldosado con ladrillos rojos y bastos. En la ventana, con las maderas entreabiertas, había una cortina roja, y al pasar la luz por ella, matizaba los objetos con una tonalidad de misterio y de artificio al mismo tiempo, algo que a Fernando le parecía como su vida en aquellos momentos, una cosa vaga y sin objeto.


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