Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Eran tipos clásicos: viejas vestidas de negro, con mantones verdosos, tornasolados; las mantillas, con guarniciones de terciopelo roñoso, prendidas al moño. Las caras terrosas; las miradas de través, hoscas y pérfidas. Salieron todas las mujeres, viejas y jóvenes al atrio, y fueron bajando las cuestas del pueblo, hablando y murmurando entre ellas.
En derredor de la torre chillaban y revoloteaban los negros vencejos…
Fernando salió de la plaza, y después, del pueblo, siguiendo una vereda. Había cesado de llover; trozos de nubes blancas algodonosas se rompían y quedaban hechos jirones al pasar por entre los picachos de un monte formado por pedruscos, sin árboles ni vegetación alguna.
Cruzó cerros llenos de matas de tomillo violadas, campos esmaltados por las flores blancas de las jaras y con las amarillas brillantes de retama. Por entre el boscaje y las zarzas de ambos lados del camino levantaba su vuelo alguna urraca negra; una bandada de cuervos pasaba graznando por el aire.
A las cuatro o cinco horas de salir de Manzanares, Fernando estaba a poca distancia de otra aldea.
El camino, al acercarse al pueblo aquel, trazaba una curva bordeando un barranco.