Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Al entrar no se percibía más que unas cuantas luces en el suelo, colocadas sobre cuadros de tela blanca; después se iban viendo el altar mayor, el cura con su casulla bordada con flores rojas y verdes; luego se percibían contornos de mujeres arrodilladas, con mantillas negras echadas sobre la frente, caras duras, renegridas, tostadas por el sol, rezando con un ademán de ferviente misticismo; y en la parte de atrás de la iglesia, debajo del coro, por una ventana con cristales empolvados, entraba una claridad plateada que iluminaba las cabezas de los hombres, sentados en fila en un banco largo.
El cura, desde el altar, cantaba la misa con una voz cascada que parecía un balido; el órgano sonaba en el coro con una voz también de viejo. La misa estaba al concluir; el cura, que era un viejo de cara tostada y de cabellos blancos, alto, fornido, con aspecto de cabecilla carlista, dio la bendición al pueblo.
Las mujeres apagaron las luces, y las guardaron con el paño blanco en los cestillos; se acercaron a la pila de agua bendita y fueron saliendo.
Y la iglesia quedó negra, vacía, silenciosa…
Fernando salió también, se sentó en un banco de la plaza, debajo de un álamo grande y frondoso, frente al pórtico de la iglesia, y contempló la gente que iba dispersándose por los caminos y senderos en cuesta.