Camino de perfeccion

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XII

SIGUIENDO las instrucciones que le dieron, Fernando alquiló un caballo y se dirigió a buscar la carretera de Francia. El caballo era un viejo rocín cansado de arrastrar diligencias, que tenía encima de los ojos unos agujeros en donde podrían entrar los puños. Las ancas le salían como si le fueran a cortar la piel. Su paso era lento y torpe, y cuando Ossorio quería hacerle andar más de prisa, tropezaba el animal y tomaba un trote que, al sufrirlo el jinete, parecía como si le estremecieran las entrañas.

A paso de andadura llegó al mediodía a un pueblecillo pequeño con unas cuantas casuchas cerradas; sobre los tejados terreros sobresalían las cónicas chimeneas. Llamó en una puerta.

Como no le contestaba nadie, ató el caballo por la brida a una herradura incrustada en la pared, y entró en un zaguán miserable, en donde una vieja, con un refajo amarillo, hacía pleita.

—Buenos días —dijo Fernando—. ¿No hay posada?

—¿Posada? —preguntó con asombro la vieja.

—Sí, posada o taberna.

—Aquí no hay posada ni taberna.

—¿No podría usted venderme pan?

—No vendemos pan.

—¿Hay algún sitio en donde lo vendan?

—Aquí cada uno hace el pan para su casa.


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