Camino de perfeccion

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—Sí. Será verdad; pero yo no lo puedo hacer. ¿No me puede usted vender un pedazo?

La vieja, sin contestar, entró en un cuartucho y vino con un trozo de pan seco.

—¿Cuántos días tiene? —preguntó Fernando.

—Catorce.

—¿Y qué vale?

—Nada, nada. Es una limosna.

Y la vieja se sentó, sin hacer caso de Fernando.

Aquella limosna le produjo un efecto dulce y doloroso al mismo tiempo. Subió en el jamelgo: fue cabalgando hasta el anochecer, en que se acercó a un pueblo. Una chiquilla le indicó la posada; entró en el zaguán y se sentó a tomar un vaso de agua.

En un cuarto, cuya puerta daba al zaguán, había algunos hombres de mala catadura bebiendo vino y hablando a voces de política. Se habían verificado elecciones en el pueblo.

En esto llegó un joven alto y afeitado, montado a caballo; ató el caballo a la reja, entró en el zaguán, hizo restallar el látigo y miró a Fernando desdeñosamente.

Uno de los que estaban en el cuarto salió al paso del jaque y le hizo una observación respecto a Ossorio: el joven entonces, haciendo un mohín de desprecio, sacó una navaja del bolsillo interior de la americana y se puso a limpiarse las uñas con ella.


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