Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Al poco rato entró en el zaguán un hombre de unos cincuenta años, chato, de cara ceñuda, cetrino, casi elegante, con una cadena de reloj, de oro, en el chaleco. El hombre, dirigiéndose al tabernero, preguntó en voz alta, señalando con el índice a Ossorio.
—¿Quién es ese?
—No sé.
Fernando, inmediatamente, llamó al tabernero, le pidió una botella de cerveza, y, señalando con el dedo al de la cadena de reloj, preguntó:
—Diga usted, ¿quién es ese chato?
El tabernero quedó lívido; el hombre arrojó una mirada de desafío a Fernando, que le contestó con otra de desprecio. El chato aquel entró en el cuarto donde estaban reunidos los demás. Hablaban todos a la vez, en tono unas veces amenazador y otras irónico.
«Y si no se gana la elección, hay puñaladas.»
Fernando se olvidó de que era demócrata, y maldijo con toda su alma al imbécil legislador que había otorgado el sufragio a aquella gentuza innoble y miserable, sólo capaz de fechorías cobardes.