Camino de perfeccion

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XIII

DESPUÉS de algunas horas de andar a caballo se encontró en Rascafría, un pueblo que le pareció muy agradable, con arroyos espumosos que lo cruzaban por todos sitios.

Luego de echar un vistazo por el pueblo tomó el camino del Paular, que pasaba entre prados florecidos llenos de margaritas amarillas y blancas y regatos cubiertos de berros que parecían islillas verdes en el agua limpia y bullidora.

Al poco rato llegó a la alameda del Paular, abandonada, con grandes árboles frondosos de retorcido tronco.

A un lado se extendía muy alta la tapia de la huerta del monasterio; al otro saltaba el río claro y cristalino sobre un lecho de guijarros.

Llegó al abandonado monasterio y en la portería le hospedaron. Ossorio creyó aquel lugar muy propio para el descanso.

Se sentía allí en aquellos patios desiertos un reposo absoluto. Sobre todo, el cementerio del convento era de una gran poesía. Era huerto tranquilo, reposado, venerable. Un patio con arrayanes y cipreses en donde palpitaba un recogimiento solemne, un silencio sólo interrumpido por el murmullo de una fuente que cantaba invariable y monótona su eterna canción no comprendida.


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