Camino de perfeccion
Camino de perfeccion Las paredes que circundaban al huerto eran de granito azulado, áspero, de grano grueso; tenían góticas ventanas al claustro tapiadas a medias con ladrillos y a medias con tablas carcomidas por la humedad, negruzcas y llenas de musgo.
Entre ventana y ventana se elevaban desde el suelo hasta el tejado robustos contrafuertes de piedra terminados en lo alto en canecillos monstruosos: fantásticas figuras asomadas a los aleros para mirar al huerto, aplastadas por el peso de los chapiteles, toscos, desmoronados, desgastados, rotos. Encima de algunas ventanas se veían clavadas cruces de madera carcomida. Masas simétricas de viejos y amarillentos arrayanes, adornadas en los ángulos por bolas de recortado follaje, dividían el cementerio en cuadros de parcelas sin cultivar, bordeadas por las avenidas, cubiertas de grandes lápidas.
En medio del huerto había un aéreo pabellón con ventanas y puertas ojivales, y en el interior una pila redonda con una gran copa de piedra, de donde brotaban por los caños chorros brillantes de agua que parecían de plata.
A un lado, medio oculta por los arrayanes, se veía la tumba de granito de un obispo de Segovia, muerto en el cenobium y enterrado allí por ser esta su voluntad.