La nave de los locos
La nave de los locos —Vais a tener que meteros entre los negros. Más cuenta os tendría ir a Larrainzar; ahora que tiene el inconveniente de que no encontraríais el camino.
—Entonces iremos por Villava.
—No, os acompañaré yo.
Salieron al día siguiente muy de mañana. La niebla espesa cubría las hondonadas y barrancos como un mar gris; sobre este mar, los picos de los montes, con sus árboles, parecían islas.
Alvarito, Manón y Ollarra montaron a caballo; el viejo de la venta se dispuso a caminar a pie, para mostrar, sin duda, su resistencia, a pesar de sus años.
Marcharon un par de horas.
—¿Ha habido aquí alguna batalla en esta guerra? —preguntó Alvarito.
—Aquí se pegaron de firme hace pocos años el tío Tomás y el Esqueleto —contestó el viejo.
—¿El tío Tomás? —exclamó Álvaro con asombro.
—Sí, el tío Tomás o el tío Tomasito: era el mote que daban los carlistas a Zumalacárregui.
—¿Y el Esqueleto?
—El Esqueleto era don Francisco Espoz y Mina.
—Y usted, ¿tomó parte en la batalla?
—Yo ya era viejo para alistarme en la guerra.
—¿Y fue aquí?
—Sí, en estos barrancos que vamos cruzando.