La nave de los locos
La nave de los locos —Pero en estos barrancos debe ser muy difÃcil que evolucionen las tropas —replicó Alvarito.
—Muy difÃcil es, claro está.
—No se encontrarÃan los enemigos.
—Cierto; como que las dos columnas, la carlista y la de los negros, tardaron mucho en darse la cara. El tiempo estaba como el de hoy; el campo, lleno de nieve. Por fin, los enemigos se encontraron, no podÃa ser por menos, y comenzó la acción y se batió bien el cobre.
—¿Quién salió mejor librado?
—El tÃo Tomás tenÃa más cabeza; el Esqueleto era valiente, como pocos. Lucharon como perros rabiosos el guipuzcoano y el navarro en medio de la nieve. Allà no se daba cuartel; al que caÃa lo atravesaban a bayonetazos.
—Y usted, ¿vio a Mina y a Zumalacárregui? —preguntó Alvarito.
—SÃ.
—¿Cómo eran?
—Mina era un viejo escuálido, con patillas grises y cara de muerto; por eso le llamaban el Esqueleto. Iba con levita larga, capote y sombrero de copa, forrado de hule, encima de un pañuelo de colores liado a la cabeza. Montaba en una mula.
—¿Y Zumalacárregui? —preguntó Alvarito.