La nave de los locos
La nave de los locos Una porción de sueños sombríos y espantosos le sobrecogieron en aquella temporada. Algunos de estos sueños se confundieron, se esfumaron y llegaron a borrarse; otros, no; quedaron grabados fuertemente en su espíritu, como la huella de un buril en el metal.
Uno de los sueños, sobre todo, tardó mucho tiempo en olvidarlo. En este sueño se encontraba preso en un calabozo inmundo, con hombres horribles y famélicos, astrosos, tristes y amarillos, como figuras de cera.
De pronto comprendía la posibilidad de escapar, y por una aspillera estrecha, metiendo el cuerpo con grandes dificultades y apuros, salía al glacis de la muralla y echaba a correr por un foso lleno de agua negra y fangosa.
Atravesaba arcos, galerías, corredores; miraba desde el parapeto de una torre parecida a la de la iglesia de Belascoain y salía por una poterna estrecha a un pueblo misterioso, de calles angostas análogo a las del barrio de Bayona.
Marchaba por una calle igual a la de los Vascos, pero muy distinta en detalles, cuando de pronto veía a un hombre dentro de una tienda, un hombre gris, con gabán gris y anteojos.