La nave de los locos
La nave de los locos EL SEÑOR BLAS, EL MANTERO
ALVARITO pensó en el ofrecimiento del señor Blas, y consultó su mapa. Era indispensable dar un rodeo bastante grande para seguir el itinerario del Mantero; él no tenía prisa. El señor Blas parecía buena persona y hombre perfectamente enterado. Por otra parte, el viaje en diligencia se le antojaba incómodo y de una estupidez extraordinaria.
Alvarito se decidió por seguir el itinerario del señor Blas; envió su maleta grande a Bayona, se quedó con su maletín, y por la mañana siguiente salía en su mula camino de Miranda de Ebro.
El señor Blas, gran compañero de viaje, servicial, amable y decidor, no se impacientaba. Conocía muy bien todos los pueblos del trayecto y de todos sabía un gran montón de historias y anécdotas.
Fuera de la carretera principal, por donde rodaban las diligencias, los demás caminos de herradura estaban imposibles, descuidados, deshechos, llenos de baches, con relejes profundos y en parte borrados por las matas y las hierbas parásitas. En leguas enteras, sobre aquellos caminos formados por cantos de río, los caballos y los mulos apenas podían andar. En algunas partes, los arroyos cruzaban las carreteras. No se pisaba más que lodo o polvo, lodo donde se hundían los caballos hasta los corvejones y polvo que se levantaba en nubes espesas.
Alvarito se sorprendió de este abandono.