La nave de los locos
La nave de los locos Al llegar a Sepúlveda, el señor Blas y su amigo García de Dios se quedaron en el mesón de la Gallarda, donde acostumbraba a ir el Mantero de Almazán. No había sitio allí, y Alvarito fue llevado a una casa de la plaza, cerca del arco, que era antigua entrada del pueblo, a una posada frecuentada casi exclusivamente por el señorío. A Alvarito le dieron un cuarto desde el cual se veía la torre de la antigua muralla, con el reloj flamante que acababan de poner.
En el comedor, Alvarito conoció a una señora joven, sevillana, muy remilgada y muy redicha, acompañada de un niño. La señora se encontraba en Sepúlveda con su padre y su chico, y como estaba aburrida de la soledad y deseosa de hablar, entabló conversación con Álvaro.
Por lo que contó, su padre era un individuo vizcaíno que, de vuelta de América, se había establecido en Sevilla. Ella estaba casada con un rico propietario de Marchena.
Su padre, con la manía de los negocios, había ido a Sepúlveda para ver si compraba una finca. Siempre andaba en movimiento, era su pasión; a ella, en cambio, le gustaba la tranquilidad. Y si le acompañaba a su padre era porque estaba muy viejo, y no quería dejarle solo. Ella no deseaba más que volver a Marchena. ¡Ay! Su Marchena.