La nave de los locos

La nave de los locos

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El comedor, en sitio oscuro y mal ventilado, con luz de acuario; el mantel, medio húmedo y de blancura gris; las alcobas, en los sitios más sombríos, a veces con ventanas a patios o a pasillos, como si el viajero fuera un plato de carne que se puede meter en una fresquera. El retrete no huele mucho, pero huele bastante para que se note su existencia; las criadas son malhumoradas; el amo o el ama, adustos, como si temieran que los huéspedes se fuesen sin pagar. Todo es aséptico, de economía y sordidez que dejan frío.

Los españoles actuales que frecuentamos estas fondas nos sentimos con el corazón tan aséptico como ellas.

Es extraña la pedantería que se desarrolla en una fonda española moderna. Todo el mundo aparece afectado, engolado, desdeñoso, de una manera tan absurda, que se siente vergüenza de pertenecer a una especie zoológica tan ridícula como la del viajero.

El mérito parece que está en decir: «Yo desdeño a los demás y los demás no me desdeñan a mí». Esa es la gran preocupación. El que puede fruncir los labios con más desprecio; el que puede demostrar que cuando escribe una carta no se ha enterado de que existe otro ciudadano a su a lado; el que prueba de una manera palmaria e irrefutable su majadería, es el que bate el record.


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