La nave de los locos
La nave de los locos En la fonda española clásica, séptica e infecciosa, había sorpresas. Se buscaba una comida regular, y se encontraba una aventura política; se iba detrás de un guiso de carnero, y se salía enamorado de la criada; se oían gritos en el cuarto de al lado, y se averiguaba que había un loco furioso; se miraba por un agujero de la pared, y se veía una mujer muy guapa; salía uno al balcón, y se encontraba con un loro o con un mono de algún indiano venido a España en compañía de una negra.
Un poco de suciedad, con simpatía y gracia, es más agradable que esta tiesura de ahora, con su asepsia y su pedantería correspondiente; y no es que defienda uno lo antiguo por amor al turismo y a la chatarra de lo pintoresco. No.
Sin duda, no podemos ser cuidadosos, minuciosos, meticulosos. No lo seamos. ¿Qué importa?
¿Que el extranjero nos denigra un poco? ¿Que el rasta americano se crea superior a nosotros porque la porcelana de sus comunes es superior a la nuestra? Nada de eso nos debe preocupar.
Si la fonda aséptica se generaliza y aumenta aún más en antipatía, en aspecto funerario y en pedantería, nuestro grito va a llegar a ser este: «¡Viva la fonda séptica y la novela séptica e infecciosa donde se encuentran cosas inesperadas y vaya al diablo la teoría microbiana!».