La nave de los locos
La nave de los locos Era el profesor un poco aficionado a las fantasías geográficas. Así, muchas veces, Alvarito le oía decir:
—Si los Pirineos estuvieran de Norte a Sur, toda la vida española sería distinta.
Otra vez decía:
—Si en España tuviéramos una región con lagos, nuestra psicología, probablemente, no sería la misma.
El profesor y Alvarito se hicieron muy amigos; durmieron en la paja de los desvanes y comieron en el campo, sentados sobre la manta, extendida, mientras tenían ante los ojos una de las decoraciones más extraordinarias de la vieja España.
Para comer al mediodía, como el sol apretaba ya mucho, solían buscar la barrancada de algún río, y allí, en el prado, con yezgos y lechetreznas, o en el juncal, con matas redondas, se detenían, contemplaban las rocas, altas, amarillas y rojas, algunas llenas de cuevas.
Veían las peñas con aire de murallas quebradas, con altísimos escarpes, llenos de pinos y de robles; las hoces, con recodos misteriosos, y los resaltos, en donde nacían confundidos el espliego, la jara, la retama y el tomillo. Después de comer, el señor Golfín se dedicaba a las explicaciones científicas.