La nave de los locos
La nave de los locos A veces subían por una calzada de piedras, detrás de alguna recua de mulas con sus arrieros, y se oían las campanillas de las colleras y los cascos de las caballerías, que echaban chispas.
El ver los pueblos al amanecer y al anochecer, el salir de la aldea cuando los campesinos vuelven a sus hogares cantando, el entrar por la calle del pueblo cuando van los labriegos a sus faenas, todo ello es, sin duda, materia propicia para filosofar sobre la vida y sus horizontes.
Los campesinos, por lo que notó Alvarito, estaban ya hartos de no poder coger sus cosechas; muchos, al principio, quizás habían deseado la guerra, pero ya ansiaban la paz de cualquier manera que fuese.
Era difícil, sin verlo, suponer la miseria de aquellos pueblos, su vida estrecha y de tan poca substancia. El tiempo no le sobraba al profesor; aún estaban lejos, y tuvieron que apresurarse y marchar en línea recta a Teruel, montados en sus caballerías. Como en la célebre estampa del gran Durero, en donde va el caballero tranquilo, cercado por la muerte y el diablo, así marchaba Alvarito, pensando vagamente en la vida dejada atrás, en su familia y en su dama.