La nave de los locos

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Don Heliodoro hizo muchas preguntas a Álvaro. Se notaba que creía que las cosas marchaban mal. Luego, los dos militares le acompañaron a ver las defensas del pueblo. Cabrera había fortificado Cañete un año antes, al volver de su expedición a las provincias de Cuenca y Guadalajara. En aquel mismo año salió una columna carlista al mando del cabecilla Chambonet, saqueó los pueblos de las orillas del Tajo y volvió con muchos alcaldes presos y con cientos de cabezas de ganado. Cabrera dio la orden de perseguir con severidad a las autoridades de los pueblos que festejasen el Convenio de Vergara.

La guarnición de Cañete tenía siete compañías del batallón del Cid y dos del segundo de Cataluña, y víveres para una larga defensa. La fortaleza del castillo contaba con varios cañones de a cuatro, quizá no muy buenos.

A pesar de sus soldados, de sus murallas y de sus cañones, el gobernador de la plaza no estaba muy tranquilo. Veía que los liberales iban rodeando la comarca, y no tenía mucha confianza en su gente.

Al terminar la visita, Alvarito se despidió del gobernador y se fue a su casa. Le contó a su tío Jerónimo cómo había recorrido el castillo y la muralla.

—¿Así, que has visto las defensas de Cañete? —dijo don Jerónimo—. Son formidables. Además, tenemos todo el terreno minado. Ríete tú de Numancia y de Sagunto. Aquí acabaremos todos o venceremos.


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