La nave de los locos
La nave de los locos VUELTA
DE su estancia en Granada no pudo sacar Alvarito ningún gran entusiasmo por la Alhambra, que, a pesar de estar considerada como una perla, dentro de la retórica mundial, a él le pareció, con sus calados de escayola o de estuco, algo como una decoración de teatro, buena para ver, pasar y no volver. Aquel edificio famoso le impresionó mucho menos que la catedral de Sigüenza.
La vega granadina le gustó más y le produjo cierta melancolía el contemplarla, al anochecer, desde la azotea de un carmen.
De la Alhambra, el único recuerdo fuerte que conservó fue el de una inglesa muy guapa y el de un señor que medía el palacio de Carlos V, para averiguar si era circular o un poco elíptico, dando pasos con un paraguas en la mano.
Granada le dio la impresión de un pueblo muy provinciano, con gente irritada, reñidora y zarrapastrosa. Todo el mundo tenía una idea de superioridad sobre el resto de los mortales un poco cómica, y la gente de la clase rica una altivez de manchego, unida a la pretensión de ser gracioso del andaluz. Además, le parecieron las mujeres ásperas, y los chicos de la calle, descuidados, sucios y con aire de hospicianos.