La nave de los locos
La nave de los locos Había entonces mucho entusiasmo en Granada por la indumentaria moruna: turbantes, albornoces y babuchas; que parece conservaba para hacer las delicias de los turistas y de los dependientes de comercio; pero a nuestro viajero no se le contagió el entusiasmo por aquella guardarropía.
Alvarito había podido notar el contraste de la España humilde y de la España petulante; por una rara paradoja, la España humilde, olvidada, y a la que nadie elogiaba, le había parecido hermosa y llena de sabor; en cambio, aquella España, cantada antes y después por los Chateaubriand, los Washington Irving y los Gautier, se les antojó un poco lugar común, un tanto baratija teatral.
De Granada, al viajero se le ocurrió marchar a Málaga, y de allí partir y dar la vuelta a España, embarcado.
Salía una diligencia de Granada a Motril; pero estaban todos los sitios ocupados, y Álvaro decidió alquilar un coche y marchar solo.
De Granada a Motril, el camino era muy malo y desierto. No se cruzó más que con recuas de burros, al salir de Granada, y después, de tarde en tarde, con algunas carretas. A un lado y a otro comenzaban a aparecer grandes piteras con sus paletas verdes, casas pequeñas y ventorros medio derruidos. En ciertos puntos de la carretera se pasaba entre nubes de polvo.