La ruta del aventurero
La ruta del aventurero En media hora se acercaron a la cala del Infern. Amanecía.
No era aquella cala un pequeño golfo bien abierto e iluminado por la luz del sol, sino un agujero irregular y tenebroso que comenzaba por una hendidura estrecha.
Delante de esta hendidura había rocas basálticas blancas y grises que formaban como restos de un gran palacio, del que quedaran arcos y galerías rotos. Al borde mismo del agua salían pinos por las grietas de las piedras. El bote se deslizó por entre los peñascos sobre el agua inmóvil, que parecía de cristal, y penetró en la hendidura. Llegaron hasta el fondo y ataron la lancha, y almorzaron.
Empezaba a entrar por arriba la claridad del Sol y se iba viendo poco a poco la extraña configuración de la cala. El mar aparecía blanco, lechoso, entre dos paredes negras, húmedas, llenas de oquedades; ya fuera, era azul, con un color turbio de cristal; una red de meandros de espuma cubría su superficie con un galoneado de plata.
Comenzó a sonar la campanita del convento de una manera charlatana y alborotadora.
—Vamos a hacer nuestra inspección —dijo el Capitán.
—Vamos —repuso el Farestac.