La ruta del aventurero
La ruta del aventurero El desmoronamiento del Monsant ha dejado pequeños archipiélagos rocosos: tritones negros que se bañan entre los meandros blancos de las olas y de las espumas.
Neptuno y Anfitrite, con su cortejo de nereidas y de sirenas, parecen presidir estos locos desvaríos del mar.
La ensenada de Ondara, cerrada al Norte por el Monsant, circunscrita por la sierra con sus rocas azules por la mañana y moradas al anochecer, termina hacia el Sur en una punta baja de arena con un faro en su extremo. Tiene esta ensenada dos playas grandes, abiertas, llenas de pedruscos, ennegrecidas por las algas, y un puerto natural al pie mismo de las casas.
Durante el primer tercio del siglo XIX Ondara era todavía pueblo de alguna importancia estratégica; tenía un castillo y una muralla.
El castillo había sufrido mucho durante la guerra de la Independencia; los cañones estaban desmontados; las casamatas, destruidas; por todas partes quedaban reliquias de una lucha violenta y tenaz.
La muralla general del pueblo, de poco valor defensivo, era baja, sin fosos ni obras exteriores, a trechos aspillerada y a trechos no, interrumpida por baluartes y torreones circulares, con sus correspondientes garitas.