La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Durante mucho tiempo, esta soledad, el graznido de las lechuzas, el aullido de los lobos, me llenaban de angustia y de inquietud. Entonces intentaba acercarme a la ciudad; pero al querer entrar en ella me paraban en la puerta, y me ponían como condición, para pasar, el dejar a la entrada unos sueños gratos, más gratos que la vida misma.
No, no; prefiero volver al camino —murmuraba—; y seguía marchando con la chaqueta al hombro, al azar, sin objeto, sin saber por qué, cantando, silbando y tarareando, estremeciéndome con los rumores del campo, con el ruido del agua en el arroyo y el cantar agorero de las cornejas.
Después, poco a poco, me dejaron entrar en la ciudad sin condiciones; pero dentro de las calles me sentí ahogado, estrechado, sin poder respirar, y volví de nuevo al campo…
Hoy, algún camarada me dice:
«Descansa aquí. Por qué no vivir entre las gentes? Hay remansos tranquilos, hay rincones donde no se miran unos a otros con faz torva y amenazadora.»