La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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Si se le hablaba del cliente que había venido por la triaca magna o por el aceite de escorpión, todavía en aquel tiempo se usaban estas cosas, escuchaba, al parecer, muy atentamente; pero la verdad era que no hacía caso.

Cuando abandonamos la botica él y yo, fuimos a vivir a una estrecha callejuela que comunicaba por un arco con la plaza llamada Lincoln’s-Inn-­Fields. La casa era un edificio negro y alto, que tenía delante un jardinillo desolado. Difícil hubiera sido encontrar una vivienda que tuviera un aire más triste. El humo y la niebla habían dejado sus paredes negras, los cristales de las ventanas empañados. En el último piso tenía sus habitaciones mi tío. Estaban estas llenas de libros y de papeles.

Los libros constituían allí una vegetación parásita; asomaban por encima de los armarios, por debajo de las sillas y de las mesas.

Todos los días mi tío solía hacer compras, y yo le acompañaba. Íbamos a los baratillos, a las ferias, a las casas particulares. Mi tío tenía alquilados varios cuartos pequeños en distintos barrios de la ciudad, donde depositaba sus compras.


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