La ruta del aventurero

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Todavía fuera de su recinto la ciudad presentaba vestigios de defensa, y a la entrada del puerto, sobre unas rocas, se levantaban dos torrecillas negras medio derruidas: una, llamada el Fortín, y la otra, la Torreta.

La ciudad de Ondara, muy vieja en sus ruinas y muy nueva en sus construcciones, era casi en su totalidad moderna. Únicamente la iglesia mayor, y algunas casas próximas a la muralla, procedían de edades pretéritas.

La iglesia mayor, de traza gótica, tenía una fachada pintada de color azul claro, con una portada barroca y una galería con remates en forma de jarrones.

Esta iglesia se levantaba en el centro de una plazoleta, y se erguía sobre el caserío ondarense con su torre cuadrada y su cúpula de azulejos verdes.

Por dentro, la alta nave mostraba las nervaduras de sus columnas y sus ojivas pintadas de amarillo, y en las claves tenía escudos coloreados.

En las capillas resplandecían los grandes altares churriguerescos, con sus columnas salomónicas retorcidas, y las tablas antiguas pintadas por maestros imitadores de los flamencos.

Otra iglesia existía en Ondara, hacia el puerto; los arqueólogos no hubiesen encontrado en ella belleza alguna; sin embargo, pintada de azul y de rosa, daba la impresión de juventud y de fuerza de una aldeana rozagante.


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