La ruta del aventurero
La ruta del aventurero —Te morirás de hambre —me dijo.
—No; porque mi tÃo me ha encargado hacer un catálogo de su biblioteca.
Will Tick me insultó, llamándome estúpido y egoÃsta; y yo fui en busca de mi tÃo. Le conté el caso; cómo me hallaba perseguido por los acreedores, la proposición de falsificación que me habÃa hecho Will Tick, y le pedà que me cediese una de sus madrigueras de libros y me diera de comer, a cambio de lo cual yo le harÃa el trabajo que me indicara de copia o de calco. Después de vacilar mucho mi tÃo aceptó y quedamos de acuerdo en que le restaurarÃa algunas portadas y documentos antiguos. Fuimos los dos a una casucha del barrio de Islington. Era un zaquizamà del último piso, lleno de montones de libros que conservaban polvo de muchos años.
Un tabernero de la esquina, conocido de mi tÃo, me traerÃa la comida y no me prestarÃa ni un penique.
Tomé posesión de mi cuchitril y comencé mis trabajos.
Todo el invierno lo pasé asà encerrado. Miraba desde mi palomar el cielo bajo y sombrÃo de Londres con el humo espeso que salÃa de las chimeneas. Por la mañana hacÃa las restauraciones para mi tÃo, y después estudiaba francés y español, porque tenÃa el proyecto de escaparme de Londres.