La ruta del aventurero
La ruta del aventurero —¡Venga mi parte!
Le di veinte libras; luego me pidió que le diera otras cinco por la comisión.
—No; no te doy una más.
—Bueno. Eres un roñoso. ¡Adiós!
Con el dinero en el bolsillo y el espÃritu lleno de remordimientos un poco cómicos, me fui a los muelles y averigüé que, pocas horas después, al amanecer, salÃa un paquebote para Burdeos. Como temÃa la indignación de mi tÃo Samuel, a quien quizá ya no podrÃa pedir nunca nada en la vida, le escribà una carta desde una taberna contándole la hazaña que habÃamos realizado a sus expensas entre Will y yo. Le decÃa que obraba impulsado por una fuerza mayor. Después escribà otra carta a mi padre despidiéndome de él, y al rayar la mañana bajaba en el barco por el Támesis, camino del Continente.
—Veremos lo que nos reserva el destino —murmuré, mientras me acercaba a la borda, mareado y con la mano aplicada a la boca del estómago.