La ruta del aventurero

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XII

CHARLATANES Y SALTIMBANQUIS

DEJÉ el café y las divagaciones —sigue escribiendo Thompson— y fui a hospedarme a un garni barato, desde donde escribí de nuevo a mi tío. Le decía que William Tick había sido el inventor de la combinación para sacarle las cuarenta libras esterlinas, y que yo no había hecho más que dar mi asentimiento, por encontrarme perseguido por un acreedor, que me puso en la alternativa de pagarle inmediatamente o llevarme a la cárcel. De tanto repetir esta invención, llegué a creerla. Comunicaba también a mi tío mi proyecto de ir a España, y le juraba que si conseguía encontrar trabajo le devolvería el dinero. También le escribí a mi padre. Los dos me contestaron en seguida; mi padre, dándome consejos; mi tío, menos incomodado de lo que yo suponía. Por lo que me contaba, advertido por la carta que le envié al salir de Londres, había comprado la biblioteca del anticuario antes de que se presentara Abraham Tick.

Tranquilizado, con relación a esto, me dediqué en Burdeos, por unos días, al dolce farniente. Burdeos me pareció grande, tristón, como un pueblo desalquilado, hecho para capital de un gran Estado y que se queda en capital de provincia.


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