La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Entré en una barraca de figuras de cera y pasé revista a los personajes de la Revolución, a los generales del Imperio, a MarÃa Antonieta, a varias vÃctimas y asesinos, y a un gran grupo en que se veÃa un cazador devorado por tigres y leones. Aquellos animales no eran una maravilla de exactitud. Me permità hacer unos gestos desdeñosos y manifestar mi poca conformidad. Un señor bajete y rechoncho, vestido de negro, me preguntó:
—¿No le gustan a usted?
—Poca cosa.
—Esos animales se han copiado del natural.
—No. ¡Ca! No puede ser.
Y expliqué cómo y por qué esto no era posible.
—¿Lo harÃa usted mejor?
—Yo, ¡ya lo creo! Soy disecador de Londres y pintor.
—SÃ; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones; pero en ParÃs tampoco se hacen las cosas mal. No hay que quitarle nada a ParÃs.
Callé, como no queriendo comprometerme demasiado, y entonces el dueño de las figuras de cera me dijo si tendrÃa inconveniente en trabajar para él, modelándole en cera varias alimañas en actitud feroz, y retocando algunas figuras como la de Danton, la de Fualdés el asesinado, y otras que habÃan perdido el color, pues la gente no se contentaba con vez sus caras, sino que querÃa tocarlas.