La ruta del aventurero
La ruta del aventurero —¿Tanto tiempo va usted a estar aqu� —le pregunté yo.
—No, me marcho en seguida; pero usted puede venir conmigo en mi coche.
Quedamos de acuerdo en que le harÃa el trabajo y en que él me proporcionarÃa los útiles necesarios, pagarÃa mis gastos y me darÃa tres francos al dÃa. Me instalé en su carreta de cuatro ruedas, cerrada y con techo, y comenzamos a marchar despacio camino de Pau.
El dueño de las figuras de cera, monsieur David, era un señor fino que hubiera podido ser académico, notario o enterrador. VestÃa de negro y llevaba una cinta roja en el ojal. Viajaba en compañÃa de sus figuras de cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur David, y llevando idéntico camino, iban varias carretas: dos de un domador de fieras, que se decÃa húngaro, con un león viejo, unas panteras y varios monos; un coche de una señora que tenÃa cacatúas amaestradas; un furgón de un domesticador de focas, y un tÃlburi de un charlatán vendedor de especÃficos, prestidigitador, sacamuelas y frenólogo.
En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos, y alguna mujer harapienta con un carretón donde llevaba un organillo y la familia menuda.