La ruta del aventurero
La ruta del aventurero El domador debÃa de perder mucho; estaba anhelante, congestionado, con una gruesa vena hinchada en la frente. A cada momento se pasaba la mano por las patillas. La madama de las cacatúas marchaba también mal, a juzgar por su aire humillado; el domesticador de focas estaba indiferente; monsieur David sonreÃa, y el charlatán, delgado, mefistofélico, tenÃa un aire plácido e insinuante y ponÃa derecho un naipe en la nariz y seguÃa jugando.
Mientras tanto, el ventrÃlocuo, alto y flaco, con los brazos y piernas recogidos en la silla, sacaba unas extrañas voces de su cuerpo.
El final del juego se aproximaba, y, efectivamente, en una pasada, el dinero del domador húngaro desapareció y fue a parar a manos del charlatán y de monsieur David. El domador se irguió lanzando juramentos, y los gananciosos, con aire compungido y los bolsillos llenos, se prepararon a levantarse.
—Esperen ustedes —gritó el domador—. Me deben el desquite. Vuelvo en seguida.
Salió el domador, y al momento monsieur David y el charlatán se escabulleron del cuarto. El ventrÃlocuo, el de las focas y la madama de las cacatúas hicieron lo misma.
Yo iba también a salir y me dispuse a ponerme los zapatos cuando entró el domador de nuevo con un látigo seguido de dos panteras.