La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Yo quedé horrorizado.
Al ver que no había ningún jugador se puso a pasear por el cuarto furioso, gritando y blasfemando y dando trallazos en el aire, mientras las dos fieras que traía saltaban y enseñaban los dientes.
Yo estaba espantado. El domador se fijó en mí y se acercó al diván.
Me dijo burlonamente que el dueño de las figuras de cera y el prestidigitador le habían robado su dinero. Era necesario que le pagase yo.
—Yo, hombre, ¿por qué?
—Porque me han estafado. Venga el dinero… Sino…
—Si no…, ¿qué pasará?
—Se arrepentirá usted —y dio un latigazo sobre el diván, y las dos panteras saltaron como gatos.
—Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa —le dije yo, y me levanté y me puse tranquilamente la chaqueta.
—¡Pronto!, ¡pronto! —gritó él, asombrado de mi súbita serenidad.
—¡Ah! ¿Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una cosa.
—¿Qué?
—Que no le voy a dar a usted nada.
—¿No? —Y levantó el látigo.