La ruta del aventurero
La ruta del aventurero COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMÁNTICA
ESTABA sentado en un banco de la Plaza Real esperando que dieran las ocho y se abrieran las oficinas de la diligencia, cuando vi dos mujeres de luto que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda.
Se sentaron en el mismo banco que yo; pero debían estar impacientes, porque se levantaron pronto, dejando un paquete en el asiento.
Al notarlo llamé a las dos damas y les di lo que olvidaban.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias! —exclamó la mayor de las dos—. No sé dónde tenemos la cabeza.
—Si en algo puedo servirlas, lo hará con mucho gusto —les dije yo.
—Venimos a buscar la diligencia que va hacia Orthez.
—Yo también; pero me han dicho que no hay diligencia hasta el mediodía. Ahora únicamente se puede tomar un pequeño coche, que llaman Cuco.
—¿Y cuándo va a salir?
—Parece que hasta dentro de hora y media no sale.
—¿Y qué hacemos aquí hora y media? —exclamó la joven—. Nos van a conocer.
—¿Usted ha tomado el billete? —me preguntó la señora mayor.
—No; todavía, no.
