La ruta del aventurero
La ruta del aventurero —¿Por qué preguntan siempre si van españoles? —dije yo.
—Es que se teme que haya por aquà agentes españoles revolucionarios —contestó el Capitán.
Llegamos a Orthez por la mañana. El Capitán y yo ofrecimos a las señoras nuestra compañÃa, y como ellas aceptaron, fuimos hasta su casa. El Capitán dio el brazo a la mayor, y yo a la muchacha. Llegamos delante de la puerta de la verja de una magnÃfica posesión y nos despedimos de las señoras. El Capitán fue hacia un lado y yo hacia el contrario. Avancé un poco paralelamente a la verja, que era más larga de lo que yo me figuraba, y al volver vi que las dos mujeres estaban todavÃa a la entrada.
—¿No les oyen? —les pregunté—. ¿Quieren ustedes que yo llame?
—No, no —dijeron las dos, asustadas.
—Lo que ustedes quieran —y me preparé a seguir.
—¿PodrÃa usted hacernos un favor? —me preguntó la señora con su voz trágica.
—SÃ, con mucho gusto.
—QuerrÃamos entrar en el parque sin que nos viera el portero.
—No sé la manera.
—Hay una puerta chiquita, cerrada con solo un cerrojo, aquÃ, a un lado.