La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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Me vestí, bajé a la tienda de Erláiz y me lo encontré displicente y malhumorado.

—Ahí ha venido ese viejo Bidarráin a preguntar por usted —me dijo—. En la huerta debe estar.

Tomé el café con leche que me sirvió la sobrina de Erláiz, salí a la huerta y encontré al viejo buscador de minas.

Me preguntó si quería dar un paseo con él, le dije que sí y echamos a andar. Bidarráin me mostró varias muestras de mineral, y hablamos de mineralogía y de botánica. Luego le pregunté qué clase de hombre era Erláiz, el panadero, pues me parecía de genio mudable.

—Es buena persona —me dijo—, pero muy violento y muy terco. Cuando se le pone una cosa en la cabeza no hay quien le pueda convencer de lo contrario. Le hemos querido persuadir el teniente Leguía y yo de que es una barbaridad que ponga cepos en el Bidasoa para los salmones en época de veda; pues los pone, y aunque viniese el obispo y se lo pidiera de rodillas, los seguiría poniendo.

Bidarráin contó otros detalles de la barbarie del panadero. Llegamos a mi posada; el buscador de minas se marchó, y yo entré en la tienda. Pasé a la tahona, y vi a dos viejas que amasaban los panes en una artesa, mientras Erláiz trabajaba con la pala en el horno.


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