La ruta del aventurero

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IV

PAMPLONA

SALIMOS de Venta Quemada por la mañana, y emprendimos la marcha hacia la vertiente del Ebro. El paisaje había cambiado en absoluto. El cielo se mostraba más azul; el campo, más seco; en los altos corrían pequeños caballos de grandes colas y triscaban las cabras y los corderos; abajo resplandecían los campos de trigo y alguno que otro viñedo.

Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro, me pareció que empezaba España; todo tomaba a mis ojos un carácter más triste y más serio: veía pueblos taciturnos, casas de paredes grises, árboles cubiertos de polvo.

Nos alejamos de la altura a medida que avanzábamos, y fuimos bajando hacia el llano. En los trigales brillaban las amapolas como gotas de sangre, y los grillos nos ensordecían con sus chirridos.

Dormimos en Villava, y al día siguiente entraba yo en Pamplona. Me despedí de Mandashay y fui a parar a una posada a la calle de la Curia. Saqué la carta del teniente Leguía; era para un Capitán de ejército llamado Iriarte. Me presenté a él, me acogió con amabilidad y me invitó a comer.

Durante la comida le hablé del mito Cox, y de cómo esperaba recoger una pequeña fortuna. En tanto, le dije, me hallaba dispuesto a trabajar en lo que se me presentase.


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