La ruta del aventurero
La ruta del aventurero —Y usted, ¿qué sabe hacer? —me preguntó Iriarte.
—Sé francés y, naturalmente, inglés.
—SÃ; quizá esto le pueda servir de algo.
—También tengo nociones de botánica.
—¿Botánica? No creo que haya aquà nadie que se ocupe de eso. A no ser algún herbolario.
—Pues estos son mis conocimientos. También sé disecar animales —añadà con resignación.
—¡Hombre! Eso quizá nos sirva. Aquà hay un profesor que todos los pajarracos y alimañas que le dan los envÃa a Francia a disecarlos, lo que le cuesta mucho dinero.
—Voy a verle.
—SÃ; iremos juntos.
Fuimos, efectivamente; hablamos con él, y yo me comprometà a restaurarle algunos animales y a disecarle de nuevo otros, por el sueldo de seis pesetas al dÃa, mientras durara el trabajo.
Disequé para aquel señor un caimán, un águila, un cisne y varios otros bicharracos.
El Capitán Iriarte me recomendó una casa de huéspedes de la plaza del Castillo, y me trasladé a ella.
Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fue muy agradable. Por la mañana y por la tarde trabajaba, y al anochecer paseaba por los alrededores, y cuando no tenÃa tiempo de sobra iba a la Taconera.