La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Estaría la embarcación napolitana a una milla próximamente de distancia del puerto cuando cayeron unas velas, se levantaron otras y la polacra quedó al pairo, inmóvil. Entonces se vio que de su costado bajaba un bote al mar, que poco después avanzaba, a fuerza de remos, hacia el muelle.
El coronel, gobernador del castillo, mandó que un oficial fuera a interrogar a los del bote, y quedó él con un anteojo mirando al mar desde la alta explanada de la ciudadela.
La gente marinera contemplaba también, con curiosidad, la lancha de la polacra, que iba avanzando.
Esta se acercó, dejando una estela plateada en el agua, hasta atracar en una de las escaleras del malecón del muelle. Inmediatamente bajaron tres hombres.
Eran del aspecto más heterogéneo que puede imaginarse: uno, alto, grueso, colorado, vestido con un viejo redingote; el otro, también alto, encorvado, amarillo, con aire de enfermo, cubierto con un carrick negro con rayas blancas; el tercero, pequeño, engallado, rubio, vestido elegantemente con frac azul de botones dorados, pantalones azules, chaleco de grana y cachucha de oficial de Marina inglesa. Los dos primeros parecían vestidos en una trapería; al tercero se le hubiera tomado por un currutaco que iba a un baile o a una recepción aristocrática.