La ruta del aventurero
La ruta del aventurero El hombre alto, al desembarcar, subió las escaleras con un saco; el enfermo llevaba un fardel en la mano; el pequeño rubio y elegante, hizo que un marinero le llevase al muelle una gran maleta.
El oficial enviado por el gobernador se acercó a los tres individuos con el fin de interrogarles.
Los marineros del bote, al momento que dejaron a los hombres con sus equipajes en tierra, separándose del muelle comenzaron a remar furiosamente y se alejaron dirigiéndose a la polacra.
—¡Se van! —exclamaron los del público con sorpresa.
—No; es que van a traer otros —replicaron algunos de esos seres perspicaces que siempre están en el secreto de los acontecimientos.
Los desconocidos acabados de desembarcar se hallaban en el malecón, rodeados de un cÃrculo de marineros, mujeres y chiquillos.
—¡Bueno, bueno, basta ya! —gritaba el hombre pequeño y rubio, dirigiéndose a la multitud—. No seáis imbéciles. Aquà no hay nada que ver. ¡Fuera!
En esto, apartando la gente, se acercó a los tres individuos el oficial enviado por el coronel gobernador.
—¿De dónde vienen ustedes? —preguntó con voz seca.