La ruta del aventurero
La ruta del aventurero LAS RECOMENDACIONES
AQUELLA noche me acosté en una hermosa cama y dormà hasta las ocho. Poco después la Nieves abrió la ventana y me trajo un vaso de leche azucarada, con una torta, y me dijo que la tomase bien caliente y que no me levantase hasta las diez.
—Señora —le dije—; me trata usted demasiado bien; yo debo ser quien tenga el honor de servir a usted.
—A mà no me llamez zeñora. Erez un tonto, inglé.
—SÃ; pero soy un tonto bien cuidado.
Me levanté de la cama y me vestÃ.
—Ahora vamoz a zalà —dijo ella.
—Bueno.
Salimos a la calle y fuimos a la parroquia.
—Le advierto a usted que soy protestante —le dije, para ver qué contestaba.
—¿Qué me cuentaz con ezo? —exclamó ella con desgarro—. ¿Que erez hereje? Pues hijo mÃo, dilo en alta yo y te llevarán al palo.
Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo tiene derecho a profesar sus ideas religiosas; pero no me hizo caso y fue necesario oÃr misa, tomar agua bendita y hasta darse golpes de pecho como un verdadero papista.
Al salir de la iglesia me dijo:
