La ruta del aventurero

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VI

LAS RECOMENDACIONES

AQUELLA noche me acosté en una hermosa cama y dormí hasta las ocho. Poco después la Nieves abrió la ventana y me trajo un vaso de leche azucarada, con una torta, y me dijo que la tomase bien caliente y que no me levantase hasta las diez.

—Señora —le dije—; me trata usted demasiado bien; yo debo ser quien tenga el honor de servir a usted.

—A mí no me llamez zeñora. Erez un tonto, inglé.

—Sí; pero soy un tonto bien cuidado.

Me levanté de la cama y me vestí.

—Ahora vamoz a zalí —dijo ella.

—Bueno.

Salimos a la calle y fuimos a la parroquia.

—Le advierto a usted que soy protestante —le dije, para ver qué contestaba.

—¿Qué me cuentaz con ezo? —exclamó ella con desgarro—. ¿Que erez hereje? Pues hijo mío, dilo en alta yo y te llevarán al palo.

Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo tiene derecho a profesar sus ideas religiosas; pero no me hizo caso y fue necesario oír misa, tomar agua bendita y hasta darse golpes de pecho como un verdadero papista.

Al salir de la iglesia me dijo:


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