La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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Nos sentamos en una mesita pequeña, dispuestos a comer, cuando estalló un gran escándalo en el zaguán; salimos a ver qué pasaba y vimos a un grupo de oficiales franceses acompañados por una pequeña escolta.

Hablaban de una manera tan despótica y tan desagradable, que para cortar las explicaciones salí yo al portal y me ofrecí a servirles de intérprete y de amistoso componedor.

Los franceses querían habitaciones para dos jefes; el ventero se las pudo proporcionar.

Arreglada la cosa, comimos el sargento y yo en paz en un rincón de la cocina.

Habíamos dado buena cuenta de la sopa, del cocido y del arroz con conejo, e íbamos a comenzar con los callos cuando me acordé de los presos liberales que venían con nosotros, y dije:

—¿Habrá comido esa pobre gente?

—Sí; algo tendrán.

—¿Quiénes son estos presos políticos?

—Son catalanes —me dijo el sargento— que estaban en el ejército de Cádiz. Parece que hicieron una salida de la isla a los pinares de Chiclana y se vieron rodeados por los franceses. Quisieron resistir, pero la mitad de ellos murieron, y los demás quedaron prisioneros con el teniente.

—Bueno; vamos a llevarles esta fuente de callos. Les compraré unos panes y unas botellas de vino.


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