La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Lo hice asÃ; entramos en una tejavana, y hablé yo con el teniente catalán, quien me confesó que tenÃa un hambre que se le nublaba la vista, y que nuestra aparición en el corral con la fuente de callos y los panes le habÃa parecido más sublime que todas las apariciones celestes.
A las dos horas de llegar a la venta el sargento dio la orden de marcha y nos formamos todos.
Uno de los militares franceses, comandante de la gendarmerÃa real, estaba en el balcón de la posada.
—¿Es que es usted el jefe de esta canalla de soldados de la Fe? —me preguntó en francés, de una manera incisiva y seca.
—Esta canalla se ha formado gracias a la protección y a los cuidados de ustedes los franceses —le dije, inclinándome.
—Ya lo sé. Es una vergüenza para la Francia. ¿En calidad de qué va usted con esa tropa?
—Voy como prisionero, a que me identifiquen en Sevilla.
El comandante me dio su nombre y sus señas, ofreciéndose por si me podÃa ser útil en algo, y echamos a andar.
—¿Qué le ha dicho a usted ese franchute? —me preguntó el sargento.
—Me ha preguntado por qué iba en la comitiva.