La ruta del aventurero

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XI

EL COPO

LLEGUÉ a Algeciras un día de noviembre por la mañana, cansado y sin una moneda de cobre; antes de entrar en el pueblo me acerqué a la playa de los Paredones, y viendo que no había nadie me desnudé, dejé la ropa sujeta con una piedra y me metí en el mar.

El agua estaba templada; me froté el cuerpo con manojos de algas secas y con arena. El baño me quitó la comezón del camino y me dio un gran sueño y mucha hambre.

Me hubiera gustado ser como el asno de Buridán, que me hubiesen puesto a un lado una ración de comida y al otro unos colchones, para demostrar, eligiendo, que tenía libre albedrío.

Como no estaba de suerte, no pude satisfacer mis dos necesidades de comer y dormir, y me decidí por aquella que no me costaba nada, y me tumbé al lado de una barca, de manera que el sol no me diese en la cabeza.

Dormí bastantes horas, y cuando me desperté me encontré rodeado de un círculo de muchachos y de algún hombre, haraposos todos, que me miraban hablando y riendo.

—Este es un gigante —decía uno.

—¡Ca! ¡Es un elefante!

—Pues las patas las tiene de camello.

—No vaya a ser un ballenato que se ha escapado de la jaula.


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