La ruta del aventurero

La ruta del aventurero

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Muchas veces que yo estaba sofocado por la tibieza del ambiente le oía lamentarse de que no cerraban las puertas:

—¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué frío hace hoy! ¡Me quieren matar! ¡Yo no puedo resistir este viento, que corta! Santo Cristo de la Alameda, ¿por qué no me habrá quitado Dios de en medio, que no sirvo más que de estorbo a todo el mundo?

Así iba esta vieja engarzando quejas y conjurando todos los santos y santas del calendario.

La mujer de Paquito parecía una princesita condenada a vivir entre piratas. Tenía un aire resignado, unos ojos claros, ingenuos y una gran suavidad. Era hija de un militar que había guerreado en América. Había quedado huérfana muy niña. Se llamaba Dolores. Me pareció que en la casa no la guardaban consideración alguna y que la hacían trabajar demasiado.

El matrimonio tenía un chico y una chica. El chico era un salvaje de seis o siete años, despótico y mal educado. Yo estuve muchas veces a punto de calentarle las orejas porque se manifestaba de muy mala intención. El chiquillo llegó a tomarme odio.

Al cuarto o quinto día de llegar a Algeciras fui a ver al cónsul inglés, que me proporcionó trabajo para una temporada.


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