La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Le dije que estaba en relación con los filohelenos de Londres, y él me informó de que iba a llegar un barco con soldados para Grecia.
Cuando cobré el dinero del cónsul hablé con Dolores, la mujer de Paquito, para que me dijera lo que tenía que pagar por estar en su casa.
Nos pusimos de acuerdo, y quedé allá, en mi cuartito pequeño, escribiendo y pintando. Por la tarde solía dar un paseo por la playa, y recorría también las calles del pueblo, con sus grandes caserones blancos, con balconadas salientes, adornadas con hierros barrocos, sus rejas, sus canalones y sus persianas pintadas de verde.
Paseaba también por la plaza Alta y por una avenida, cuyas bocacalles iban a dar a la bahía, y por las cuales se divisaba el cielo y el mar.
Como se estaba en un período de política revuelta, todos los días había algún acontecimiento. A medida que los ministros de Fernando VII se apoderaban del Poder, la represión era mayor. Se hacían prisiones, y llegaban constantemente cuerdas de presos que el comandante del campo de Gibraltar, don José O’Donnell, enviaba a los presidios de África.