La ruta del aventurero
La ruta del aventurero Al terminar el mes, en vez de ir ellos hacia la gente de los alrededores, fue la gente de los alrededores la que comenzó a aproximarse a ellos. Una vieja, que tenía una cantina en un lanchón, sostenido por cuatro montones de piedras en la playa, se ofreció a hacer la comida y la cena a los dos hombres sospechosos.
Estos dejaron el rancho a algunos hambrientos, y los pescadores, viendo que los supuestos pestíferos estaban cada vez más sanos y fuertes, se hicieron amigos suyos y salían a pescar juntos.
Desde el momento que se supo en el pueblo que los desterrados del lazareto no estaban enfermos ni daban señales de impaciencia ni de cólera, la opinión comenzó a manifestarse contra ellos. La mayoría consideraba irritante que los tales hombres vivieran en el lazareto como en un lugar de placer.
También les parecía una prueba de indiferencia absurda el que no hubiesen hecho el menor intento de entrar en Ondara, como si la ciudad no les interesara lo más mínimo.
—¡Qué gentes serán estas! —se decían los ondarenses.
El gobernador, al saber que había transcurrido el tiempo reglamentario de cuarentena, dio la orden de que no se llevara el rancho a los detenidos y de que desalojaran inmediatamente el lazareto.